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St. Lucia: un paseo entre hipopótamos

St. Lucia. Minúscula, turística y salvaje. Este pequeño pueblecito de tan sólo una calle de extensión, tiene como habitantes a 500 personas, 800 hipopótamos y 1200 cocodrilos, razón por la cual es un lugar donde turistas de todas partes del mundo hacen una “obligatoria” parada.

Encapotado (como decimos en mi tierra) y diferente. Son las dos palabras que describen mi estancia en este pueblo. La primera porque, a pesar de que hace bueno 360 días al año, yo estuve allí en los restantes cinco; la segunda, por todo lo que os contaré hoy.

Prometo que no había visto llover así nunca en África (tened en cuenta que sólo llevo tres meses y medio aquí), impresionante, a cántaros, una auténtica cortina de agua. Pero, como podréis imaginaros, no habíamos conducido 7 horas de coche para quedarnos en el apartamento.

Una de las principales atracciones turísticas de la zona no es sino sus salvajes playas, en concreto la de Cabo Vidal, o Cape Vidal, para cuyo acceso es necesario entrar dentro de la Reserva Marina de Santa Lucía y recorrer durante al menos 50 minutos sus caminos. Lo que hace especial a esta ruta es que, en la reserva que os he mencionado, pueden encontrarse muchísimos animales típicamente africanos, rinocerontes, hipopótamos, impalas, cebras, etc. Una auténtica maravilla… si consigues verlos. Así como Lion Park era un lugar donde uno podía saber a ciencia cierta que iba a poder ver leones, cebras o suricatos, la reserva en cuestión no tiene nada que ver con un zoológico. Los animales andan a sus anchas por el lugar sin importarles si un turista curioso va a ir a verlos o no, razón por la cual es totalmente recomendable madrugar bastante (estar en el parque en torno a las 6:30 de la mañana) y es que es el momento en el que hace más fresquito y los animales salen a “desayunar”.

Una vez terminada la ruta, esta desemboca en una de las playas más salvajes que yo haya visto nunca, la playa de Cabo Vidal. Sin chiringuitos, restaurantes o cualquier cosa construida por el hombre. La mañana en que estuve fue particularmente ventosa y nublada por lo que pudimos ver la faceta más salvaje (aún si cabe) de esta playa tan bonita.

Realmente, cuando uno piensa en África, no se tiende a pensar en este tipo de playas, sino en leones, sabanas o tribus de colores… Lo dije en su día. Lo digo hoy. Lo diré para siempre. África es mucho más que todo eso. Es el lugar más sorprendente donde haya estado jamás.

Justo en la otra punta de pueblo, es decir, al otro lado de la única calle que lo compone, podemos encontrar otra de las atracciones turísticas por excelencia: una playa llena de dunas, con un estuario gigantesco como vecino, en la que puedes encontrarte de paseo dominguero a los hipopótamos y cocodrilos del lugar. Para llegar a ella, recorrimos una pasarela de madera elevada a un metro de la superficie ya que, tal y como rezaban los carteles, por allí podías encontrarte a los cocodrilos por lo que la mejor opción era caminar en la altura.

Mi tercer descubrimiento fue la posibilidad de hacer un crucero por el estuario del pueblo. Durante dos horas un barquito preparado para ello recorría la total extensión del estuario, acercándote hasta tan sólo un par de metros, hasta distintas familias de hipopótamos que pasaban tranquilamente la tarde en su hábitat natural. Pese a que también había cocodrilos, la capitana del barco nos contó que, en ocasiones, estos animales podían pasar hasta dos horas bajo el agua para refrescarse del calor y que, era esa la razón de que únicamente viéramos sus ojillos asomar a la superficie.

Estas dos especies conviven en este estuario generalmente de manera apacible. Digo generalmente porque hacía varios días un hipopótamo hembra había atacado a un cocodrilo por querer utilizar al bebé hipopótamo como merienda. No hace falta que diga quien ganó la batalla: los hipopótamos son la especie animal más peligrosa para el hombre de toda África, siendo culpables del mayor número de muertes humanas por ataque animal.

Viajeros y turistas

“Sólo se puede decir que se viaja cuando hay algo que descubrir. Si no se descubre nada, el viajero ya no existe; y al hombre inerte que le sustituye se le llama turista (…) Pero se me dirá: si viajar es descubrir, es lógico el ocaso del viajero, porque, sobre el haz de la tierra todo está descubierto ya. Mas esto, que parece exacto, no lo es. En realidad, el mundo entero está inédito y lo estará perdurablemente para el hombre que conserve intacto en su espíritu la capacidad para la expectación, para la curiosidad emocionada hacia todo lo que existe.”

Gregorio Marañón

La Cuna de la Humanidad: Cuevas de Sterkfontein

La entrada de hoy es una entrada especial, no sólo por su contenido, sino por las personas a las que va dedicada . Mi madre, a la que quiero mucho y que se encuentra muy muy lejos de aquí, es una persona con un gran interés por la historia (tanto es así que la escogió como carrera universitaria) y aún más por el origen y la evolución del ser humano. Mi padre, al que quiero mucho y que también está muy muy lejos de aquí, estudió y sigue estudiando física pero estos temas entrarían dentro de su lista de cosas-que-me-interesan-muchísimo.

Recuerdo cuando aún era bastante niña el viaje que hicimos a Atapuerca. Yo era pequeña y lo único que veía era piedra, polvo, un guía diciendo cosas que no entendía demasiado y a mis padres absolutamente entusiasmados.

Más tarde, cuando supimos que mi próxima casa iba a ser este país, una de las cosas que me dijo mi madre fue Cataratas Victoria y Cuna de la Humanidad.

El domingo pasado nos decidimos por ir a visitar precisamente la Cuna de la Humanidad ya que es un pecado vivir a tan sólo 50 kilómetros de ella y no ir a verla. Este lugar fue designado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999 debido a los hallazgos antropológicos que allí se descubrieron. Algunos de estos descubrimientos fueron el fósil Australopithecus africanus de 2,3 millones de años, al que llamaron Mrs Ples y el esqueleto casi completo de un Australopithecus, de 3,3 millones de años de antigüedad al que pusieron el cariñoso nombre de Little Foot. Ambos hallazgos fueron hechos en las cuevas de Sterkfontein, cuevas que en la actualidad pueden visitarse (allí donde nosotros fuimos).

Llegamos a mediodía, totalmente achicharrados por el sol y es que, aunque acabemos de salir del “crudo” invierno, aquel día hacía nada más y nada menos que 32 grados. Tras comprar dos entradas para visitar el lugar, decidimos hacer tiempo hasta que llegara la hora de la visita comiendo algo en la cafetería que había allí. He de decir, como curiosidad graciosa que, aunque ninguno de nosotros somos estudiantes, decidimos echarle morro al asunto y darle a la mujer de la ventanilla nuestros DNI a modo carnet de estudiante. No hace falta que os diga que no sólo entramos con dicha condición, sino que la mujer se quedó totalmente convencida al ver nuestros fastuosos carnets universitarios de colores.

Lamentablemente la entrada de hoy no tiene fotos de calidad del interior de las cuevas. Yo lo intenté, sobre todo pensando en mis padres, ya que quería enseñarles el lugar, pero a 60 metros de profundidad y con la linterna del guía como única fuente de luz pues… es bastante complicado.

La visita fue muy entretenida y la hora que duraba se pasó bastante rápido. Nos contaron muchas cosas sobre Mrs Ples y Little Foot, vimos un estanque subterráneo y una gran cavidad con un conjunto de estalactitas y estalagmitas que, al unirse, habían creado la imagen de un elefante con sus formas.

A lo largo de la visita a las cuevas descendimos, como ya he dicho, hasta una profundidad de 60 metros y nos adentramos por túneles de tan sólo un metro de alto por uno de ancho. No penséis que aquello fue digno de dos valientes exploradores. Yo llevaba bailarinas. Otros llevaban chancletas. Y casi todas las mujeres tenían su bolso bajo el brazo.

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El único equipamiento que tuvimos que ponernos fue un casco, totalmente necesario por cierto, ya que en alguna ocasión no calculábamos bien la altura y nos chocábamos con el techo como elefantes en una cacharrería. Un grupo de gente equipada con cascos azules y naranjas, con las cámaras en las manos y mirando a todas partes (a veces viendo y a veces no viendo; la oscuridad es lo que tiene).

Sunny Durban

Hace ya tiempo que fui a Durban. Está cerquita, tiene buen clima y me encanta, me encanta, me encanta la playa.

Durban es una ciudad situada en la provincia de KwaZulu-Natal y, al mismo tiempo, dirige sus ojos hacia el impresionante Océano Índico. Tiene una población que asciende a 3,5 millones de personas, lo que la hace la tercera ciudad más grande de Sudáfrica. Aunque alrededor del 70% de su población sea negra, el 20% asiática, el 9% blanca y el restante porcentaje sea mestiza, esta ciudad costera tiene la fama de alojar a un amplísimo número de personas de raza india.

Personalmente es una ciudad que me encantó. Honestamente puede que tenga que ver el hecho de que estaba allí de vacaciones y ya se sabe que de vacaciones todo sabe mejor. Nos alojamos en un hotel pequeñito cerca del “centro” y digo centro entre comillas porque, al menos por lo que conozco de las ciudades que he visitado, realmente no existe un centro en sí mismo.

Os preguntaréis el porqué de ello; es bien sencillo. Hace tiempo, las ciudades tenían un lugar céntrico o downtown que se consideraba el núcleo importante y turístico de la ciudad que correspondiera, un sitio donde se encontraban los restaurantes famosos, las cafeterías, plazas y demás atracciones turísticas. Sin embargo, tras la abolición del apartheid muchas ciudades han perdido ese “centro” ya que se han creado nuevos puntos céntricos: el de los ricos, el de los pobres, el de los locales, el de los comercios, el de los turistas… triste, lo sé. Pero cierto.

Pero bueno, a lo que iba, que a veces me pierdo yo sola con mis pensamientos escritos. Nuestra estancia en Durban fue estupenda, relajante y… aventurera por decirlo de alguna manera…

Nuestro hotel se encontraba cerca del centro turístico, a unos 5 minutos de la playa en coche. La verdad es que la elección fue inmejorable ya que todo el personal era muy agradable y el hombre que nos recibió, Jean François, un auténtico francés del África profunda, una persona de la que sólo puedo decir cosas buenas.

La primera noche, después de picar algo en un restaurante italiano en la calle más turística de esta ciudad, fuimos a coger nuestro coche cuando, de pronto, no arrancaba. Genial, estupendo, tirados en plena noche. Pero un taxista amablemente nos prestó ayuda para poder arrancar el coche y al menos llegar al hotel.

DÍA 1

La mañana siguiente la utilizamos para ir a un taller donde nos cambiaran la batería, taller que estaba en el “centro conflictivo” por así decirlo. Pero no teníamos otra. O lo arreglábamos o no volvíamos a Johannesburgo. Así que allá que nos fuimos, yo un poco asustada pero tranquilos ya que durante el día no hay problema alguno en deambular por la zona. Pues bien, intranquila y asustada sin ninguna razón, ya en el dichoso taller, como debíamos esperar, nos recomendaron ir a tomar un café (ya sabéis, para amenizar la espera). Así, entramos en un pequeño, diminuto, minusculosísimo local regentado por un hombre árabe. Majísimo: ¿café? ¿té? ¿azúcar blanco o moreno? ¿sacarina?.

Café en mano nos dedicamos a mirar a los transeúntes. A mí todo me parecía maravilloso. La calle llena de gente, coches, puestecillos ambulantes donde podías comprar todo lo que se te ocurriera y más… Un sitio lleno de cacharros y papeles tirados por el suelo pero con una vitalidad asombrosa.

Coche arreglado. There we go. ¿Vamos a la playa? Sí. Genial. Allá vamos. Paseo marítimo ante nuestros ojos pero un viento huracanado de llevarte por delante. Bueno, pues vamos a tomar algo.

Allí conocimos a una pareja de sudafricanos de raza india que aunque nos recomendaron visitar el casino más terrible, hortera y lleno de luces y colores que hubiéramos visto nunca, fueron una compañía muy agradable resultando ser una pareja de amigos vacacionales (de esos que haces cuando visitas un nuevo lugar, que adoras con todas tus fuerzas y que, aunque prometes volver a verte, es casi remotamente imposible que suceda).

La tarde la pasamos de manera tranquila, comimos en un restaurante cerca de la playa, dimos un paseo por Umhlanga (éste es uno de los nombres maravillosos que me encanta decir Umhlanga, Umhlanga, Umhlanga… suena genial) y disfrutamos del sol africano hasta que este decidió esconderse y dejar paso a una noche bastante fresquilla.

DÍA 2

Umhlanga nos había encantado. ¿Volvemos? Por mi sí. Vale, genial. Vuelta al coche y en veinte minutillos estábamos en Bronze Beach, una de las playas más bonitas de la zona, no sin antes parar por un centro comercial para comprar un par de cervezas y una botella de agua muy fría.

Esta playa tuvo un pequeño contratiempo hace ya unos años y es que un temporal bastante importante y unas olas de tamaño considerable se comieron esta bonita playa. Actualmente ya está totalmente recuperada, sin embargo, pueden verse carteles informativos para los turistas curiosos donde se muestra con dibujos y fotografías el suceso que hoy os cuento.

Tras un día playero, regresamos al hotel donde estábamos alojados a descansar un rato y pegarnos una ducha. Uno de nuestras aficiones ocultas más vergonzosas son los karaokes así que no hace falta que os diga que, estando de vacaciones, nos decidimos por ir a uno.

Ya allí nos dimos cuenta de que el bar en cuestión, pese a estar en la zona turística, no era sino el típico pub de un gueto con los consabidos clientes habituales. Os puedo prometer que fue memorable y tremendamente divertido.

Más tarde, volvimos a Florida Road para cenar algo, y volviendo ya al coche para regresar al hotel nos paró un chico con pinta de estar ligeramente bajo los efectos del alcohol. Como tenía cara de pocos amigos, nos apresuramos calle arriba, momento en el que un “amable muchacho” (veréis por qué lo digo) nos paró a chocarnos la mano y charlar. No hace falta que os diga lo que es más que evidente, en un momento entre el primero y el segundo, nos robaron el móvil sin que nos diéramos cuenta. Visto y no visto. Ladrones de guante blanco.

Pusimos el grito en el cielo, ahora eso sí, firmo ya para que si me tienen que robar yo no me entere.

DÍA 3

Vuelta a casa con la sensación de querer más (son vacaciones, es lo suyo).

Mamá África

La mamá de África. No lo digo yo, lo dicen ellos.

Miriam Makeba fue una aclamada cantante sudafricana nacida en los años 30 que, al mismo tiempo, fue y sigue siendo uno de los iconos del movimiento anti apartheid. Sus primeros pinitos en el mundo de la música los hizo aquí, en Sudáfrica, concretamente en un suburbio de Johannesburgo llamado Sophiatown. Vocalista en el grupo Manhattan Brothers y fundadora del grupo femenino The Skylarks, fue fichada por el cineasta estadounidense Lionel Rogosin para participar en Come back, Africa, un documental sobre el apartheid que tuvo gran éxito en el Festival Internacional de Cine de Venecia. Este no fue sino el inicio de su éxito internacional, éxito que le permitió conocer mundo y, asimismo, dar a conocer al mundo su música.

Años más tarde, tras la muerte de su madre, Miriam Makeba trató de regresar a su país con el objeto de asistir al funeral de la misma, momento en el que se percató de que se le había negado el pasaporte sudafricano. Así comenzó el exilio de esta famosísima cantante sudafricana, exilio que duró nada más y nada menos que 30 años.

En 1963, Makeba denunció la terrible situación que se sucedía en su país natal ante la Asamblea General de las Naciones Unidas lo cual provocó que el gobierno sudafricano prohibiera la difusión de sus canciones en dicho país. No obstante, ello no obstó para que figuras internacionales como John Fitzgerald Kennedy o Nelson Mandela (tras su liberación, evidentemente) la consideraran no sólo como un icono, sino como una gran artista.

Fue en diciembre de 1990 cuando Mamá África volvió a pisar su tierra natal. Recitales, un musical, la Gira de la Esperanza, numerosos premios, la creación de una organización para recaudar fondos para la protección de las mujeres sudafricanas y la superación, a los 33 años, de un cáncer cervical. Desde luego, no cabe duda de que Miriam Makeba fue un símbolo de mujer luchadora que, a pesar de las circunstancias que rodearon su vida, se mantuvo firme  en lo que a sus ideales se refiere y regresó con los brazos abiertos al lugar de donde, un día, fue expulsada.

Su absoluto éxito internacional Pata pata suena casi a diario en la radio de mi coche. Es una canción preciosa, alegre y divertida. Por lo menos a mí me saca unos sutiles bailecillos cuando la oigo.

Las imágenes de esta entrada, como podréis imaginaros, no son mías. No obstante no tienen copyright y son de difusión libre.

El rey de la selva

Generalmente, cuando alguien dice África lo primero que suele venírsele a uno a la cabeza es el típico sol naranja que nos muestran los documentales, el calor abrasante, el desierto del Kalahari o la rubia y fantástica melena del rey de la selva, el león. Aún queda mucho tiempo para que la costumbre de vivir en este país haga que deje de emocionarme con ver a través de mis propios ojos todas estas cosas.

Ilusionada, como una niña el día 25 de diciembre, llegué hace poco más de una semana a Lion Park. Antes de nada debo decir que el parque del que voy a hablar hoy es una miniatura y una total ridiculez si lo comparamos con otros muchos parques o reservas naturales donde puedan verse animales. No digo nada si la comparación la establecemos con el continente en sí.

Ellos mismos se definen como un lugar en el que poder conocer los animales salvajes (y no tan salvajes) que habitan en Sudáfrica. Es un sitio al que ir en familia, con amigos, en pareja o sólo, si el verdadero objetivo es ver por primera vez y sin tener que hacer mayor desplazamiento, animales como pudieran ser el león, el guepardo, la cebra, la hiena o el suricato, el cual por cierto es un animal que me hace muchísima gracia.

Este pequeño parque-zoo está dividido en varias áreas valladas de diferentes tamaños (no penséis en las jaulas de los zoológicos europeos) clasificadas en función del tipo de animal que esté en su interior. Por un lado, en la zona más extensa de todas pude ver animales herbívoros más bien inofensivos como cebras, impalas, avestruces o gacelas; os podéis imaginar la vocecilla de niña que me salió cuando vi por primera vez una cebra. Y, por vergonzoso que parezca, lo mismo me pasó al ver los suricatos (siempre he pensado que tienen una cara muy graciosa, como de no estar enterándose de nada), las jirafas y el resto de animales. Para haberme grabado.

Los leones y guepardos, aunque debería decir guepardo porque solo vi uno, están en una zona más acotada y totalmente separada de los animales herbívoros. Realmente no hay peligro alguno al ir a verlos ya que el tour lo haces en tu propio coche, hay personal fuera de las zonas donde estos animales se encuentran y, por encima de todo, el hecho de que no es una reserva natural donde los animales vivan de manera salvaje, sino que es una especie de zoo al estilo sudafricano.

Mi última gran hazaña en este lugar fue tocar a los leones, bueno leoncitos, y con los cuidadores al lado. Estaban como adormecidos por el calor y podías tocarlos sin ningún problema aunque antes de hacerlo, el staff del parque te aconsejaba cómo hacerlo para no molestar a los animales (no olvidemos que aunque sean leoncitos tienen unas zarpas tremendas).

Las pocas horas que pasé en este parque fueron suficientes para dejarme tranquila y calmar mi ilusión. Ya había visto leones. Podía dormir tranquila. Lo malo es que, al no ser el verdadero hábitat de los animales, nos ha dejado con las ganas de más.